Una nueva generación para transformar

Ana Lilia Rivera Rivera


Tlaxcala y México viven un momento crucial. Durante décadas, la política estuvo marcada por grupos, apellidos y formas de ejercer el poder que terminaron alejando a muchas personas de las decisiones públicas. La Cuarta Transformación abrió una posibilidad distinta: demostrar que la política puede recuperar su sentido más profundo cuando se coloca al servicio del pueblo.

La transformación política no se sostiene solamente con resultados de gobierno. Necesita mujeres y hombres capaces de defender sus principios, renovarlos y llevarlos a las nuevas circunstancias. Por eso considero necesario impulsar desde ahora una nueva generación política.

No hablo únicamente de jóvenes en términos de edad, sino de una generación de mujeres y hombres con una nueva manera de entender el servicio público: personas que sepan escuchar antes de hablar, caminar antes de prometer y construir antes que dividir. Una generación que entienda que gobernar no significa sentirse superior al pueblo, sino tener la responsabilidad de servirlo.

La renovación política tampoco puede reducirse a cambiar nombres. Si solamente sustituimos unas élites por otras, sin modificar las prácticas, estaremos repitiendo la historia con diferentes protagonistas. La verdadera renovación comienza cuando cambiamos la manera de hacer política.

Necesitamos representantes que conozcan las comunidades, que sepan cuáles son las preocupaciones de las familias, que entiendan las necesidades del campo, de los jóvenes, de las mujeres, de nuestros pueblos originarios y de quienes todos los días trabajan para salir adelante.

Necesitamos una política que vuelva a caminar por las calles, a sentarse en las plazas, a escuchar en las comunidades y a mirar de frente a la gente. Eso es lo que significa hacer territorio.

También necesitamos algo que considero todavía más importante: formar políticamente a las nuevas generaciones. La política no puede aprenderse únicamente desde los cargos. Se aprende en la organización social, en la defensa de las causas, en la solidaridad, en la participación comunitaria y en la capacidad de mantenerse firme frente a las dificultades. Quien aspire a servir al pueblo debe comprender que un cargo no es un premio, sino una responsabilidad.

La Cuarta Transformación ha demostrado que es posible cambiar prioridades y poner en el centro a quienes durante mucho tiempo fueron relegados. Pero para que ese cambio tenga continuidad se requiere una generación que conozca de dónde venimos, que valore lo que se ha construido y que tenga la capacidad de mirar hacia adelante.

Tampoco podemos acostumbrarnos a que la confrontación sustituya al debate, que la ambición sustituya a los principios o que los intereses personales estén por encima de los intereses colectivos. La nueva generación política debe tener claro que no mentir, no robar y no traicionar no son solamente frases que se repiten. Son principios que deben traducirse en decisiones, conductas y resultados.

También debe saber dialogar. En política democrática nadie tiene toda la razón ni puede construir solo. Dialogar no significa renunciar a las convicciones. Significa tener la madurez para escuchar al otro, encontrar coincidencias y construir acuerdos cuando éstos sean necesarios para servir mejor a la sociedad. Tlaxcala necesita esa madurez.

Si queremos que la transformación tenga continuidad, debemos comenzar desde ahora a formar a quienes tendrán la responsabilidad de defenderla, profundizarla y, cuando sea necesario, renovarla. Tlaxcala merece una nueva generación política. Una generación con principios, con preparación, con sensibilidad y, sobre todo, con profundo amor por su pueblo. Pero esa generación no llegará sola. Tenemos la responsabilidad de ayudar a construirla.

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