Ana Lilia Rivera Rivera
En un mundo marcado por tensiones geopolíticas, desigualdad persistente y conflictos permanentes, la participación de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada en Barcelona, España, no es un hecho menor: es una declaración de principios, una toma de postura y una propuesta de futuro.
México no acudió a ese encuentro como espectador, sino como actor con voz propia. La intervención de la presidenta Claudia Sheimbaum Pardo dejó claro que la democracia no puede reducirse a procedimientos electorales ni a equilibrios de poder entre élites, sino que debe ser, ante todo, un instrumento para dignificar la vida de los pueblos.
En ese sentido, su propuesta de destinar el 10 por ciento del gasto mundial en armamento a un programa global de reforestación representa una ruptura con la lógica dominante. Es una invitación a repensar las prioridades del mundo para pasar de la industria de la guerra a la siembra de la vida.
Además, en tiempos donde la violencia se normaliza y el gasto militar crece de manera desproporcionada, plantear que esos recursos se orienten a restaurar el planeta y generar empleo para millones es una forma concreta de construir paz. Es, también, una manera de reconocer que la seguridad global no se alcanza acumulando armas, sino atendiendo las causas profundas de la desigualdad, la pobreza y la devastación ambiental.
Asimismo, la postura firme en contra de cualquier intervención militar en Cuba reivindica uno de los pilares históricos de la política exterior mexicana, que es la no intervención. Este principio, que ha sido guía en México desde los tiempos de Benito Juárez, cobra hoy una relevancia especial en un escenario internacional donde resurgen tentaciones intervencionistas. Nuestro país apuesta por el diálogo, la cooperación y el respeto irrestricto a la autodeterminación de los pueblos.
La presidenta Sheinbaum nos recordó algo fundamental: la democracia no es la de unos cuantos, sino la de la mayoría del pueblo. No puede existir democracia donde persisten la exclusión, la pobreza o la falta de acceso a derechos básicos como la educación y la salud.
Particularmente significativo es que esta voz provenga de la primera mujer presidenta en la historia de México. Su presencia en un foro internacional de esta naturaleza no solo rompe inercias, sino que envía un mensaje en el sentido de que el tiempo de las mujeres en la conducción del destino nacional también es el tiempo de una política más incluyente, más sensible y comprometida con la paz.
Por otra parte, la invitación para que México sea sede de esta cumbre en 2027 es, en sí misma, un reconocimiento al liderazgo y papel que nuestro país está asumiendo en el escenario internacional. Representa la oportunidad de consolidar un diálogo global sobre una economía centrada en el bienestar y una democracia que responda a las verdaderas necesidades de la gente.
Hoy más que nunca, el mundo necesita voces que llamen a la sensatez, a la cooperación y a la construcción de acuerdos duraderos. La participación de la presidenta Claudia Sheinbaum en Barcelona es una muestra de que México está dispuesto a asumir esa responsabilidad. No desde la imposición, sino desde la convicción de que otro orden internacional es posible.
En esa perspectiva, elegir por sembrar paz es una decisión política importante en estos tiempos convulsos, y es, también, una responsabilidad histórica.
